En el liceo solía compartir casillero con un amigo. Suena gay, pero ¿cuestiona acaso un acto de amistad tan puro la sexualidad propia? Yo creo que sí. Hasta que ella apareció.
Su casillero estaba dos lugares a la derecha del nuestro. Tenía el cabello negro hasta los hombros, una falda que para los parámetros de la enseñanza media era excesivamente larga —le llegaba a las rodillas—, audífonos gigantes y la capacidad de estar ausente y lejos sin parecer solitaria. A esa edad, por nada del mundo me habría atrevido a hablarle a una chica, así que terminó acercándose ella.
En Lenguaje organizaron una competencia de poesía. Nos reunieron en grupos de cinco y cada uno debía defender un estilo. Era nuestro arco de torneo de Dragon Ball, solo que con poemas.
Esperé mi turno con la ansiedad de quien está seguro de ganar y solo teme que la ceremonia se alargue demasiado. Perder era una posibilidad, por supuesto, pero para los otros grupos.
Cuando llamaron al mío, tomé la palabra.
—Elijan el que quieran. El mío vale por todos.
Mis compañeros me retaron. Cerré los ojos y recité de memoria. Cuando volví a abrirlos, sus dudas se habían convertido en admiración y el resto de la clase aplaudía. Me quedé con el triunfo.
En el recreo, la chica se acercó.
—Eso fue hermoso.
Me concedió una pequeña ventana para responder. No la aproveché.
—¿Puedo leer algo más?
—Lo siento —conseguí articular—. Es algo demasiado privado para compartir.
—Lo entiendo —dijo sonriendo—. Espero que algún día tengas la confianza de mostrarme.
No tenía nada más escrito. Tampoco había escrito aquel poema. Lo había plagiado. Jamás lo supo.
Durante los días siguientes comenzó a esperarme junto a los casilleros. Tenía algo de hippie escolar: escuchaba a Fito Páez y Charly García, ya fumaba y hablaba de las canciones con una seriedad que yo reservaba para fingir que escribía. Ella me recomendaba música; yo le prometía poemas. Solo una de esas dos cosas llegaba a existir.
A veces se quitaba los audífonos y me los pasaba.
—¿Quién es? —me preguntó una mañana.
—Charly.
—Fito.
—Sabía que era uno de los dos.
—Eso no mejora nada.
Me miró de lado. Había empezado a conocerme. A la mañana siguiente volvió a esperarme.
Una semana después me entregó un cuaderno delgado.
—Para tus poemas.
—Son privados.
—El cuaderno también puede serlo.
Lo llevé conmigo durante semanas. No escribí una palabra. Al principio preguntaba qué estaba escribiendo. Después, si había escrito algo. Finalmente se limitaba a tocar la tapa cuando lo veía y cambiaba de tema. Su curiosidad fue perdiendo palabras. El cuaderno no ganó ninguna.
La primera vez que salimos fuimos al cerro Santa Lucía. También era la primera vez que lo visitaba. Nos detuvimos junto a uno de los senderos. Me pasó los audífonos para hacerme escuchar Al lado del camino y encendió un cigarrillo.
—Fito —dije.
—Ahora sí.
Yo había llevado el cuaderno. Me lo pidió, pasó las páginas y comprobó que mi obra completa conservaba su blancura original.
—Está vacío.
—Es lo más privado que he escrito.
—Pensé que eras otra clase de persona.
—Yo también, mientras aplaudían.
Se rio. Interpreté que la tarde avanzaba en la dirección correcta y le pregunté si podía besarla. Volvió a reírse antes de decirme que no.
Fue la primera vez que vi fumar a una chica, la primera vez que le pregunté a una si podía besarla y la primera vez que me rechazaron entre risas. No fue la última.
Se cambió de colegio al año siguiente. Nos seguimos viendo en un par de ocasiones, pero no pasó nada serio. Lo más rescatable fue su sobrina, un año menor que nosotros, que estuvo enamorada de mí durante cinco años seguidos. Quizá fue la persona que más me quiso y quizá, por lo mismo, nunca pude quererla.
Eso no quiere decir que no haya aprovechado la situación.