Chateábamos en las noches hasta la madrugada. El resto del día lo pasaba con su novio.
La primera vez bebió de más y comenzó a insinuarse. Le seguí el juego, pero al rato dijo que se le había pasado la calentura. Molesto, la llamé calientasopas. Dijo que, en ocasiones, le gustaba que la trataran así. “Muéstrame el culo entonces, perra”, le dije. “Altiro, amo”, respondió.
Durante meses seguimos así, no a diario. Si intentaba empezar, me rechazaba. Cuando aparecía, escribía “amo” y esperaba. Le prohibía tocarse hasta que yo se lo permitiera y la hacía esperar. A veces más de lo necesario. Después tenía que quedarme con ella toda la noche. Sabía que, si la dejaba, se iría con otro.
Un día accedió a juntarse. Llegué al metro cerca de las dos de la tarde, cuando todavía había espacio suficiente para mirar sin poder culpar al tumulto. El lugar ofrecía cuerpos por partes: espaldas que ascendían en las escaleras mecánicas, cinturas detenidas un instante por los torniquetes, brazos levantados para sujetarse dentro de los vagones, rostros cortados por los reflejos de las puertas. La llegada de cada tren empujaba una corriente tibia por los pasillos y cambiaba a todos de posición.
La encontré frente al Bibliometro, un módulo separado del pasillo por grandes vidrios, con las repisas visibles desde afuera y una persona atendiendo en el interior. Ella miraba desde el otro lado del cristal. Estaba de puntillas, inclinando la cabeza para alcanzar con la vista los títulos de la repisa superior. No podía tocarlos; recorría los lomos con los ojos mientras los reflejos de los pasajeros le atravesaban el cuerpo. La reconocí antes de verle el rostro. La tensión de sus piernas y el esfuerzo por elevarse hacían que su trasero, todavía cubierto, se viera mejor que en las fotografías.
“Hola”, le dije. El anuncio de un tren se tragó parte de la palabra. La repetí. Se apartó del vidrio y respondió con cortesía. Nunca había visto una fotografía mía ni le había descrito cómo era; le calentaba la idea de desnudarse para un desconocido. Miró una vez más la repisa superior y vino conmigo.
Almorzamos y después caminamos sin dirección, salvo mi intención de encontrar alguna plaza donde intentar algo. Cada vez que veía una banca vacía disminuía el paso; ella seguía avanzando. Quiso entrar a una tienda de mascotas. Los acuarios iluminaban las paredes y un grupo de peces seguía su dedo al otro lado del vidrio. Ella recorrió las jaulas y los estantes de alimento mientras yo esperaba junto a unos sacos de comida para perro, mirando la calle por el ventanal.
Al salir dijo que estaba aburrida. Le propuse beber y aceptó a cambio de otra cajetilla. Encontramos un negocio, compré los cigarrillos y le pasé la cajetilla todavía envuelta. La abrió de inmediato. Encendía uno cada vez que el silencio se extendía. Yo encendía otro antes de tener que romperlo.
La llevé a un bar de confianza. El primer piso estaba ocupado por el ruido de los vasos, las conversaciones y una música demasiado fuerte para la cantidad de personas que había. Una escalera estrecha conducía a otro salón, donde las mesas estaban suficientemente separadas para fingir intimidad, pero no para impedir que todos se escucharan. Solía estar vacío. Aquella tarde había dos hombres sentados al fondo: uno de espaldas a nosotros y otro orientado hacia la escalera, con un vaso en la mano.
Elegimos una mesa junto a la pared. Sobre la madera quedaban los círculos húmedos de clientes anteriores y un cenicero con una quemadura negra en uno de sus bordes. A ella le molestaba la música del local, así que sacó su celular, lo dejó entre los vasos y puso la suya a todo volumen. El parlante sonaba metálico, sin bajos, pero dentro de nuestro metro cuadrado consiguió imponerse. El humo permanecía bajo el techo y obligaba a observar a los demás a través de una neblina compartida.
Bebimos. Ella cambiaba de canción, fumaba, miraba el celular y volvía a fumar. Yo terminé mi vaso antes que ella. Sin mucho que decir, le acaricié un seno. “Si quieres tocarme, hazlo bien”, dijo, y se levantó la polera y el sostén. El hombre que estaba de espaldas continuó hablando. El otro dejó el vaso a mitad del recorrido. Lo vi por encima del hombro de ella, mirando directamente mi mano. No la retiré. Ella siguió bebiendo mientras yo la tocaba, advirtió la mirada del hombre, se volvió hacia él y lo saludó sin cubrirse. Él bajó el vaso y respondió con una sonrisa.
Le sugerí ir a un lugar más íntimo. Ella se acomodó la ropa, terminó el cigarrillo y dijo que fuésemos a un motel.
Encontramos uno en una calle cercana. Era la primera vez que entraba a un lugar así. No había pagado por una habitación decente y el sitio no intentaba aparentarlo: detrás de la puerta apenas había un baño, una cama que parecía construida sobre un cajón de madera y un espejo frente al colchón. La cama no se hundía al sentarse y algo crujía debajo con cada movimiento. Había tan poco espacio entre ella y el muro que debíamos pasar de lado.
Ella dejó el celular sobre la base de madera, puso la música a todo volumen y el pequeño parlante llenó el cuarto de canciones góticas, oscuras y metálicas, guitarras distorsionadas y voces que rebotaban contra los azulejos del baño hasta regresar convertidas en ruido. Todavía buscaba dónde dejar mi ropa cuando ella ya estaba desnuda y había abierto la ventana. Saludó a las primeras personas que pasaron, luego a las que levantaron la cabeza al escuchar la música y también a quienes intentaron seguir caminando después de verla. Algunos respondían con la mano, otros reducían el paso y miraban una segunda vez. Un hombre se detuvo debajo de la ventana y le dijo algo que no alcancé a oír; ella respondió, se rio y continuó hablando con él como si no estuviese desnuda. Cuando el hombre siguió su camino, ella lo despidió agitando la mano y buscó al siguiente transeúnte.
Me hizo sentar en el borde de la cama, encendió un cigarrillo y se arrodilló frente a mí. No dejó de fumar mientras me practicaba sexo oral: aspiraba, apartaba el cigarrillo con dos dedos y continuaba; como tenía la boca ocupada, el humo le salía por la nariz en dos columnas. Cuando se detenía para expulsarlo por la boca, una nube subía por mi abdomen. Parecía un dragón arrodillado. Yo seguía la brasa con la mirada, sin saber si el humo, la ceniza o la combinación de ambos podía hacerme algún daño. Ella daba otra calada, volvía a acercarse y el humo quedaba encerrado con nosotros, mezclado con la música y con las voces de las personas que seguían pasando bajo la ventana.
En esa época tomaba medicamentos. Mi erección no era completa, pero entre su boca, el cigarrillo y todo el ruido alcanzó para empezar.
Le dije que volviera a la ventana y continuara hablándole a la gente mientras yo me encargaba del resto. Lo hizo, apoyó las manos en el marco con el cigarrillo todavía entre los dedos y saludó a una pareja que cruzaba la calle. “Estoy con la regla”, dijo. Le pregunté por qué no lo había mencionado antes; respondió que no creyó que me importara y añadió: “Sigue”.
Todo marchó bien por unos minutos. Ella hablaba con alguien abajo, se interrumpía para darme una indicación y volvía a la ventana: primero pidió que fuera más despacio, después que no la sujetara de esa forma. Reduje el ritmo y aparté las manos. El cigarrillo continuaba consumiéndose entre sus dedos. Una persona la saludó desde la otra vereda, ella levantó el brazo para responder y luego dijo: “Para, no me está gustando”. Paré. “Cambiemos de posición”.
Pasamos a la cama. Se puso encima de mí y trató de encontrar un movimiento que la base rígida no absorbiera; duró poco, se bajó, se acostó de espaldas y me llevó sobre ella, pero volvió a corregir el ritmo. Más lento, después más rápido, luego de otra forma. De la ventana pasamos al borde de la cama; del borde, a ella encima; después conmigo encima, de lado y nuevamente desde atrás. Probamos todo lo que cabía entre aquella cama y el muro. Cada posición alcanzaba para comenzar, pero no para continuar. Ella acomodaba mi cuerpo, cambiaba el suyo y volvía a intentarlo mientras la música seguía golpeando desde el celular, la cama crujía y el humo permanecía suspendido sobre nosotros. En algún momento encendió otro cigarrillo.
Finalmente se puso en cuatro. Desde allí podía vernos en el único espejo de la habitación: mi cuerpo sobre el suyo, la ventana abierta detrás, el humo atravesando el reflejo y el movimiento de las personas que todavía aparecían y desaparecían al otro lado. Me agradó lo que vi. Lamenté no tener una cámara.
Entonces miré hacia abajo y vi la sangre. Intenté no darle importancia hasta que mi pene se salió. Mis vellos parecían una peluca; el glande ensangrentado, una nariz redonda y roja.
Un payaso.
Me reí. Ella preguntó si me estaba burlando de su menstruación. No respondí. “Ponte encima de mí”, dijo. Obedecí. Dijo que así tampoco y comenzó a compararme con su novio: él no necesitaba instrucciones, todo lo hacía perfectamente, la llenaba por completo. No discutí. “No quiero seguir”, dijo. Me aparté. Se vistió y se largó.
Una hora más tarde me escribió que no volveríamos a vernos. Lamentaba haber engañado a su novio. Más aún, lamentaba que no hubiese valido la pena.
Durante más de un año no volvería a tener una erección.