Era fin de año y todo el mundo atendía asuntos familiares. A eso iba yo: buscaba hacer familia. Era difícil, porque ella llevaba un par de meses embarazada de su expareja y tenía un hijo de ocho años. Más que incomodarme, la situación me pareció una ventaja. La familia venía adelantada. Nunca había estado con una embarazada. A ella no le importaba su condición a la hora de amar; tenía claro lo que yo buscaba y también me deseaba. Sus hormonas jugaban a mi favor, aunque prefiero pensar que no hicieron todo el trabajo. Mucho después, cuando ya podíamos hablar de aquello sin peligro de repetirlo, escuchó mi resumen de la historia. —No estabas buscando una familia. —Era fin de año. Todo el mundo buscaba una. —Querías acostarte con una embarazada. —Las familias tienen que empezar por algún lado. Coincidíamos en los hechos. Fue en lo que significaban donde comenzaron los problemas. Vimos una película animada sobre una cerda que cantaba. La sala estaba llena de niños. A ella le recordaron al de ocho años que tenía en casa y al que llevaba dentro. Se sintió culpable por estar ahí, comenzando algo con otro hombre antes de terminar de entender lo anterior. Yo pensé que se había emocionado con la película. A mitad de la función me arrimé a sus enormes pechos. —Te aparté las manos durante toda la película —me recordaría después. —Entonces admites que seguían volviendo. —Por eso te dije pulpo. —Siempre lo tomé como un halago. Terminada la película, fuimos al cerro Santa Lucía. Yo buscaba romance, pero nunca me dio la mano. Sería el único lugar que no lograría acariciar. —No te la di porque quería que fueras más lento. —Después nos besamos. —Un beso no te daba autorización retroactiva. —No hablaba de autorización. Hablaba de precedentes. Sé que nos besamos, pero no recuerdo quién comenzó. Sé que la toqué. Eso sí lo recuerdo. Tenía unos pechos grandes, todavía en crecimiento por el embarazo, y un trasero amplio que no llegaba a verse mal. Su sonrisa no la recuerdo. Sus pechos, en cambio, sobrevivieron intactos a las dos versiones de la historia. Ella recordaba que yo no dejaba de mirarlos. En algo estábamos de acuerdo. Al terminar la tarde decidimos intentar ser un conjunto. Un nosotros. —Nunca decidimos ser pareja —me corrigió después. —Dijimos que lo intentaríamos. —Dijimos que veríamos si queríamos intentarlo. —Es lo mismo con dos precauciones innecesarias. Para mí, la relación comenzaba en el momento de decirlo. Para ella, acabábamos de iniciar un periodo de prueba. Duró demasiado poco para resolver la diferencia gramatical. Quedamos de vernos la semana siguiente. Nos separamos temprano porque ella iría a celebrar Año Nuevo con unos amigos y yo pasaría a visitar a uno mío que llevaba un tiempo bastante mal. Según me contó después, sus dudas comenzaron cuando me fui. Mientras más sabía de mí, menos estable le parecía. Yo empezaba proyectos, planes y relaciones con entusiasmo; terminarlos exigía una segunda personalidad que todavía no conocía. Ella ya venía con una familia comenzada y no necesitaba incorporar otra cosa pendiente. Esa noche sus amigos cancelaron la celebración. Me llamó para decirme que estaba sola y quería verme. Podría haberla invitado a pasar la noche conmigo, de no ser porque mi amigo estaba pensando en suicidarse. No había mucho que decidir. Si moría, me odiaría; si vivía, lo odiaría. Vivió. Lo terminé odiando. Ella venía de terminar hacía poco con su expareja. Sus planes se habían desarmado, pasaría Año Nuevo sola y, además, por el embarazo ni siquiera podía emborracharse para fingir que aquello era voluntario. —Nunca te pedí que lo abandonaras —me dijo. —Y no lo hice. —Quería que entendieras por qué me dolía quedarme sola. —Lo entendí. —Al día siguiente. —Seguía siendo información reciente. —Al día siguiente terminamos. —Por eso la recuerdo tan bien. Hice lo correcto. No hay comparación. A ella podría volver a verla, pensé. Las cosas entre nosotros terminaron al día siguiente y hasta ahora no he vuelto a verla. Nuestra relación alcanzó a llegar al año siguiente, lo que suena bastante mejor si uno evita mencionar que duró menos de veinticuatro horas. Después nació su hijo. Seguimos hablando y llegamos a convertirnos en grandes amigos, una categoría especialmente cómoda cuando nunca vuelves a encontrarte con la otra persona. Mucho tiempo después me dijo que podría haber sido alguien con quien pasar el rato, pero no una pareja. Ya tenía suficientes hijos y no quería terminar siendo madre de otro hombre rebelde. No sé qué pasará en el futuro. —Probablemente vuelva a buscarte cuando vuelvas a embarazarte de otro —le dije. —Esa frase explica por qué terminamos. —Yo creo que demuestra que sigo interesado.