Creo que la gente no cambia en las cosas importantes. Cuando tenía dieciocho años salía con mujeres de dieciocho. Ocho años después seguía haciéndolo. Ella lo llamaba diferencia de edad; yo, fidelidad a mis principios.

La conocí en el cumpleaños de un amigo. Desde que la vi supe que quería hacerle el amor, aunque fuera una vez en esta vida. Soy alguien tímido. No soy de los que se acercan a una desconocida y comienzan a masturbarse frenéticamente encima. Pero, por ella, hice una excepción.

Al menos me acerqué.

—¿Siempre hablas así?

—Solo cuando estoy nervioso.

—¿Y cuando estás tranquilo?

—Pienso cosas peores.

Se rio.

Me gustó. Nunca he sido exigente con las reacciones: una carcajada, un insulto o una copa en la cara demuestran que la otra persona estaba escuchando. Lo único intolerable es el silencio. Si alguien va a ignorarme, por lo menos debería esperar al remate.

Quise impresionarla, así que aprendí a tocar la guitarra. Después de un mes dominaba cuatro acordes: la cantidad exacta para conquistar a una mujer o fundar una iglesia. En ambos casos ayuda que el público quiera creer.

Le toqué lo aprendido.

—¿Cuándo empieza la canción?

—Ya empezó.

—¿Y cuándo mejora?

Se rio.

Todo iba bien.

La relación estaba condenada al fracaso. Sabía que, si no la terminaba yo, su familia apelaría hasta llegar a la Corte Suprema.

La celestial.

Su padre era pastor evangélico.

No me molestó ese detalle. Me parece injusto juzgar a alguien por la mala fama de su padre. A mí me pasa con Jesús: parece un buen muchacho, pero la familia tiene antecedentes.

Su padre me invitó a almorzar un domingo. En la mesa había pollo asado, ensalada, una Biblia junto al pan y suficiente silencio como para oír cómo evaluaban mis modales.

—¿Qué intenciones tienes con mi hija? —preguntó.

—Apelar si la primera impresión resulta desfavorable.

Su padre no se rio. Su madre escondió una sonrisa en la servilleta. Mi polola me pateó por debajo de la mesa.

Tres reacciones. La familia funcionaba.

Su madre me amaba. Mal agüero.

Por entonces iba a terapia. Mi terapeuta era una mujer mediocre en su labor, al menos en comparación conmigo. Se lo hice notar con la prudencia que exige criticar a una persona que conoce todos tus traumas.

—Yo sería mejor psicólogo que tú.

—Probablemente —respondió—, aunque todos tus pacientes terminarían suicidándose para no volver.

Me gustó que diera por hecho que habrían vuelto alguna vez.

—La amo —le confesé poco después.

—¿Cómo puedes saber con tanta facilidad que estás enamorado de alguien?

—Es fácil —profeticé—. Dejas que tu mente monte una película y ordenas las escenas. Después calculas cuánto tiempo aparece cada persona dentro de tu encuadre mental. Si una mujer ocupa más metraje que el resto, felicidades: es la protagonista y estás enamorado. Es un método casi infalible para detectar el amor y a tu actriz porno favorita.

Indiferente, ella continuó escribiendo. Me molestó su actitud. Dudo que alguna vez haya perdido la cabeza, ni siquiera en una fiesta de psiquiatras.

—No todo necesita convertirse en un chiste —dijo.

—Eso es porque no todo está terminado.

Para entonces mi polola pasaba varias noches por semana en mi departamento. Dejó un cepillo de dientes, algo de ropa y una cantidad de cabello suficiente para construir otra novia menos exigente. Cocinábamos, veíamos películas y los domingos almorzábamos con su familia.

Todo iba bien. La estabilidad se parece demasiado a un silencio incómodo: tarde o temprano alguien siente la obligación de llenarlo.

Una tarde salimos de la casa de sus padres por el pasillo que cruzaba el patio. Su abuela vivía en una construcción pequeña al fondo, a pocos metros de nosotros, con una ventana que daba directamente al camino.

Tomé a mi polola en brazos como si fuese una princesa.

—Bájame. Me vas a botar.

—Confía en mí.

Se me cayó antes de terminar la frase.

Tardé en ayudarla. Siempre he sido malo recogiendo lo que boto: lápices, cuadernos y pololas.

El golpe contra el cemento hizo salir a su abuela.

—Eres demasiado joven para tener tan poca fuerza. ¿Qué clase de hombre eres? —me enjuició.

—Y usted muy anciana para seguir viva.

Mi polola no se rio.

Camino al paradero me llamó imbécil, enfermo y poco hombre. La conversación seguía activa.

Semanas después me pidió que la escuchara sin hacer chistes.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Hasta que termine.

—Empieza por el final.

No se rio.

Me contó que ya no sabía si creía en Dios. Continuaba cantando en la iglesia porque no encontraba la manera de decírselo a su padre y temía destruir algo que para él constituía toda su vida.

—Pregúntale si él cree en ti. Así la decepción será mutua.

—¿No puedes evitarlo?

—Podría, pero entonces solo tendríamos tu problema.

Se fue temprano.

Con el tiempo dejó de reírse. Después dejó de insultarme. Lo segundo me preocupó: una ofensa todavía es una conversación con vocabulario ambicioso.

Una noche cenábamos en silencio. Le conté algo que había ocurrido durante el día. No respondió. Miraba su celular y deslizaba el dedo como si estuviese buscando una vida donde yo no apareciera.

—Te estoy hablando.

Nada.

—Tu padre habla solo todos los domingos y al menos él cree que alguien lo escucha.

Levantó la vista.

—No metas a mi padre.

—Solo dices algo cada vez peor hasta conseguir que te mire.

—Y me estás mirando.

Volvió al teléfono.

Eso era peor.

La última vez que vino a mi departamento no se quitó el abrigo ni se sentó.

—No quiero seguir contigo. Voy a sacar de mi vida todo lo que me haga daño.

—¿Pretendes suicidarte?

Gritó.

—¿No puedes tomarte nada en serio?

—Tengo la seria disciplina de hacer una broma por cada cosa que digas.

Y ella me levantó el dedo.

Cayó el telón y Garrick se echó a reír llorando. Me largué, insatisfecho. Después de todo, la comedia no es más que un drama sin talento, pero buena onda.