Apoyaba un brazo en la barra y con el otro sostenía un vaso de plástico, ideal para botarlo si la noche exigía una retirada dramática. El vodka venía incluido con la entrada. El whisky no. Yo había comenzado la noche tomando whisky en otro lugar y prefería mantener cierta coherencia, pero mis principios siempre han tenido dificultades cuando deben financiarse.
Acepté el vodka.
El local tenía el techo bajo, luces violetas y un suelo que se aferraba a los zapatos como si temiera quedarse solo. La música era demasiado fuerte. Había que acercarse al oído de alguien para decir cualquier cosa. Probablemente era la única decisión romántica que habían tomado los dueños.
El hombre que me había invitado bailaba con una chica guapa. No la más guapa del lugar: ese título lo discutía silenciosamente un grupo de cuatro mujeres que bailaban entre ellas, rodeadas por una prudente distancia masculina. Los hombres de la barra habían construido varias explicaciones para no acercarse. Ninguna contemplaba la posibilidad de que ellas estuvieran perfectamente bien sin nosotros.
Yo acepté una de las explicaciones sin pedir pruebas. A esa edad confundía observar prejuicios con estar libre de ellos.
Una de las mujeres se separó del grupo y se acercó a la barra.
No venía hacia mí. Venía por un vaso. Esa diferencia se volvió evidente mucho después.
—Hola —dije.
Ella inclinó la cabeza.
—¿Qué?
—Hola.
La segunda vez salió peor. La palabra se desarmó en mi boca y produjo un sonido que podría haber significado saludo, auxilio o la rendición de un animal pequeño.
—Ah —respondió—. Hola.
Tenía una voz dulce. Sus amigas nos miraron y regresaron a la pista, dejándonos espacio. Interpreté el gesto como un voto de confianza. También pudieron estar despejando la zona de impacto.
No estaba ebrio. No estaba para nada ebrio. Recuerdo cada detalle.
Mi cabeza funcionaba a la perfección. El problema era que había perdido la autoridad sobre el resto del cuerpo. Mis mejillas estaban dormidas, los brazos obedecían con retraso y las piernas sostenían una discusión privada acerca de cuál debía cargar con mi peso. La conciencia había llegado completa a la conversación. Mi boca seguía en camino.
Ella dijo algo más. No alcancé a entenderlo por la música, así que se acercó a mi oído. Olía bien. Quise responder con una frase que demostrara que yo era encantador, sobrio y probablemente distinto a los hombres de la barra.
Logré decir mi nombre.
—No entendí nada —dijo, sonriendo—, pero sonó importante.
Fue un instante genuino. Ella no parecía molesta. Yo todavía podía haberme reído, admitir que había bebido demasiado y preguntarle cómo se llamaba. Era una salida sencilla, por lo que no la consideré.
Saqué una libreta del bolsillo.
Llevaba una porque quería escribir y porque tener una libreta permite olvidar cosas con mayor dignidad. Busqué una página limpia y anoté mi nombre, mi número y una frase breve. Al menos eso creí. La tinta mostraba el electrocardiograma de alguien que acababa de enterarse de su propia muerte.
Ella giró la libreta.
—¿Esto es un número?
Asentí.
—¿Cuál?
Miré la página. Ya no estaba seguro.
Había fracasado hablando y escribiendo. Dos de los grandes sistemas de comunicación desarrollados por la humanidad habían resultado insuficientes. Necesitaba una tercera opción.
La idea llegó completa, como suelen llegar las peores.
Me señalé los oídos, negué con la cabeza y comencé a mover las manos. No conocía el lenguaje de señas, pero confiaba en que la convicción pudiera reemplazar el vocabulario. Si ella creía que yo no podía hablar, mi fracaso dejaría de parecer alcoholismo y se convertiría en una dificultad humana que tal vez despertara ternura.
Su expresión cambió.
Dejó el vaso sobre la barra, me miró con atención y respondió en lenguaje de señas.
Lo hizo con fluidez.
La música seguía golpeando las paredes, pero por primera vez el silencio fue absoluto.
Ella movió las manos otra vez, más despacio. Yo observé sus dedos con la concentración de quien espera que un idioma completo se revele por cortesía. No ocurrió.
Asentí.
Me hizo otra pregunta.
Volví a asentir.
Desconozco cuántas cosas acepté durante aquella conversación. Pude haber confirmado mi nombre, una enfermedad grave o mi participación en un delito. Ella continuó haciendo señas. Yo respondí con movimientos que parecían describir el vuelo de una paloma herida.
Intentaba fingir que no podía comunicarme y terminé demostrando algo bastante cercano.
La mujer señaló la pista. Después me señaló a mí. Hizo una última seña y esperó.
Asentí.
Su rostro perdió algo. No sé si fue interés, paciencia o ambas cosas. Me tocó el brazo con suavidad, recogió su vaso y regresó con sus amigas.
El hombre que me había invitado apareció unos minutos después.
—¿Qué pasó?
Le dije que hablábamos idiomas distintos.
Era la versión más amable de los hechos.
Durante semanas intenté recordar los movimientos de sus manos. En cada reconstrucción significaban algo diferente. A veces me había dado su número. A veces me había pedido que la acompañara. En las versiones menos generosas estaba preguntando si necesitaba una ambulancia.
Busqué algunas señas en Internet. Aprendí a decir hola y perdón. No encontré una traducción sencilla para no soy sordo; solo tomé una decisión imposible de defender.
Meses más tarde volví a verla en una discoteca gay.
Esta vez la reconocí antes de que el alcohol pudiera colaborar. Estaba junto a la pista, hablando con otra mujer. Cuando nuestras miradas se cruzaron, frunció el ceño durante unos segundos. Luego levantó ambas manos e hizo una seña.
—No entendí —dije.
Ella abrió los ojos.
—Hablas.
—En condiciones favorables.
Se rio. Recordaba todo.
Me explicó que aquella noche me había preguntado si necesitaba agua. Después quiso saber dónde estaban mis amigos. Yo había respondido afirmativamente a ambas preguntas sin moverme de la barra.
—Al final te dije que eras un idiota.
—Esa parte la había traducido bien.
Pude inventar otra explicación. Esta vez no lo hice.
—Estaba borracho —dije—. Me dio vergüenza que te dieras cuenta.
—Me di cuenta.
—Sí. Esa era la parte que intentaba evitar.
Una mujer se acercó y le pasó un brazo por la cintura. Ella la presentó como su polola. Luego me presentó a mí como el hombre que había inventado un idioma para no admitir que estaba borracho.
Dije mi nombre. Esta vez salió entero.
Conversamos durante unos minutos. Después ella tomó la mano de su polola y regresó a la pista.
Esta vez entendí cada detalle.