Hace varios años buscaba qué regalarles a mis primos pequeños para Navidad. Así la conocí. Ella estudiaba diseño y vendía peluches hechos a mano. Le encargué un Phantump. Ah, y también les compré algo a mis primos más tarde.
Seguimos hablando después de la compra, porque esa es la clase de cosa que tiendo a hacer. Prefería que los gifs hablaran por ella y aparecía conectada casi a cualquier hora, aunque reclamaba constantemente del poco tiempo que tenía para sí. Decía eso mientras se ponía al día con todas sus series o subía el resultado de sus ranked. Para mí era sencillo: si estaba en línea, podía hablar; si respondía, quería hacerlo. No necesitaba más pruebas.
Me mandaba fotos sensuales de sus sesiones de cosplay. Era bastante sexy. Yo miraba con respeto el trabajo de confección. Después miraba el resto. También trabajaba mucho y mantenía sus aficiones sin importar cuánto tuviera que hacer. Me parecía una chica simple y terminé admirándola. El adjetivo era insuficiente, pero yo también.
Salimos un par de veces sin razones comerciales. Era una época en que mi cabeza no funcionaba con demasiada claridad. Cuando quería acercarme me volvía distante, pero después la seguía como un perro callejero detrás de su falda. Ella usaba ese título con frecuencia. A mí me gustaba que tuviera uno para mí.
Creí no ser nada especial. Seguía aceptando mis invitaciones, pero aseguraba que habría salido con cualquiera. Después me comparaba con varios hombres cautivados antes que yo por su atractivo tsundere. Siempre era el desfavorable en la balanza. Siempre. No era celoso. Solo me molestaba que existieran mejores opciones y que ella las conociera.
Un día agregué a una chica bastante guapa a Facebook. No sabía quién era. En esos años eso no era un impedimento, sino casi el funcionamiento normal de la página. Le hablé en privado. Las cosas salieron bien, bastante bien. Luego salieron mal, bastante mal. Le pedí fotos, la invité a salir y acabé dándola por perdida.
Durante ese tiempo seguí hablando con la primera como si nada. Manteníamos una buena amistad y yo no buscaba avanzar. Estaba conforme. Esa relación era demasiado importante para arriesgarla. Llegué a esa conclusión apenas la otra posibilidad dejó de funcionar.
Una mañana le escribí temprano. Estaba en clases junto a una compañera. La compañera vio mi nombre en la ventana de conversación y lo reconoció. Era la misma chica que yo había agregado y, además, su mejor amiga. Yo no sabía ninguna de las dos cosas. Ellas ahora sabían todo.
Entonces la primera empezó a mandarme fotografías del teléfono de su amiga. Nuestra conversación privada estaba abierta en la pantalla. En una se veía el inicio. En otra, algo más abajo. La última foto ya no intentaba mostrarme el chat: ella levantaba el dedo medio frente a la cámara y dejaba el teléfono detrás como prueba de que el juicio había terminado antes de que yo conociera los cargos.
Mi categoría animal evolucionó de inmediato. Dejé de ser el perro callejero que seguía su falda y pasé a ser un cerdo asqueroso por pedirle fotos a su amiga e invitarla a salir, porque esas cosas no se le decían a una mujer. Me pareció una condena extraña. Ella había aceptado ambas conmigo antes. Se lo recordé. Al parecer ese dato solo empeoraba el caso.
No supe si estaba celosa, ofendida en nombre de su amiga o furiosa porque sus dos conversaciones acababan de convertirse en una sola. Elegí los celos. Era la única posibilidad en la que yo ganaba algo.
Volví a ordenar los hechos. Decía que habría salido con cualquiera, pero salía conmigo. Decía que no tenía tiempo, pero respondía, me mandaba fotos y aceptaba verme. Me trataba como a un animal, pero se había molestado cuando el animal siguió otra falda. Yo había pasado meses creyendo que era uno más. Ahora tenía un hoyudo personalizado.
Durante meses me disculpé. Ella contestaba mis llamadas y escuchaba todo lo que yo quisiera decirle. Nunca cortaba antes de que terminara. Después me insultaba y me mandaba a la cresta.
No me bloqueaba.
Yo volvía a llamar.