Tenía un pool de un cosplay que hacía bien. Uno solo. Lo usaba en sus streams con suficiente frecuencia para que nadie recordara que alguna vez había vestido de otra cosa.

Era fanática de League of Legends y también tenía un pool de un solo champ que jugaba mal. No era one-trick; para eso primero hay que tener un truco. Entraba a ranked todos los días con la convicción de que la práctica hace al maestro. Su MMR descendía con una constancia que habría sido admirable en cualquier otra dirección.

Feelsbad ver a alguien intentar mejorar día tras día y saber que nunca lo hará.

La veía morir con regularidad. Era lo más consistente de su juego. El chat dejaba algún BibleThump cuando la cuenta se volvía especialmente triste. Ella lo interpretaba como cariño. Cuando preguntaba si estaba mejorando, yo respondía que sí. El Kappa quedaba implícito por educación.

Buscaba morir fuera del juego también, probablemente por identidad. Lo mencionaba con suficiente frecuencia para que dejara de parecer una emergencia y comenzara a formar parte de su presentación: nombre, edad, main y escasa intención de llegar al próximo parche.

Un día le ofrecí denegarla. Era una solución de Dota para un problema de League. Se negó poniendo muchas excusas.

Puedo entenderlo. Es necesario vivir para poder quejarte de la vida. Único hobby suyo.

Ella tenía doble personalidad. No de la medicada, pero cuando se medicaba actuaba como una persona distinta. Solo a una de ellas le gustaba yo y solo una de ellas me gustaba a mí.

La drogada.

No veía aquello como un problema. Todo el mundo tiene una versión mejor de sí mismo. Algunas personas la encuentran después de dormir, otras después de un café. Ella siguiendo correctamente las instrucciones impresas en una caja.

Y era increíblemente hermosa.

“Puedo aguantarla, mientras sea linda” un mantra que creí inquebrantable, hasta que fue más insoportable que su belleza.

Intenté gankearla muchas veces, pero ya feedeaba a otro sujeto. Él era su duo; yo esperaba en un arbusto una oportunidad que nunca llegaba. Sabía de su existencia. Él probablemente no sabía de la mía. Consideré que aquello me daba ventaja hasta comprender que ser invisible solo sirve cuando alguien está buscándote.

Durante el día era uno más en el chat. Por las noches me asignaba support.

Llamaba llorando durante horas. A veces llegaba tilteada por una partida, por el otro hombre o por la vida. Yo no preguntaba para evitar descubrir cuál de los tres ocupaba más espacio.

Siempre la atendía. Era hermosa.

Carreaba su dolor.

Mi participación consistía en escuchar, ofrecer soluciones que no seguiría y comprobar de vez en cuando que la llamada no se hubiese cortado. Ella volvía a contarme lo mismo. Yo volvía a aconsejarle algo ligeramente distinto. Los dos terminábamos convencidos de haber cumplido nuestro papel.

Había silencios de varios minutos. Yo no colgaba. Después volvía a hablar como si hubiese estado reuniendo fuerzas o esperando que yo hiciera algo interesante con mi vida. Podíamos continuar así hasta que el cansancio cerrara la llamada por nosotros.

Al principio pensé que buscarme significaba que me prefería. Después seguí atendiendo porque ya había invertido demasiadas horas para reconocer que quizá solo era el hombre que contestaba. Es la base de muchas relaciones y de League of Legends.

Un amigo mío intentó pullearla, pero quedó corto. Estaba fuera de su liga. Me apenó el resultado.

No demasiado.

Ella lo mandó a low priority antes de que alcanzara a entrar en la partida. Me pareció justo: había intentado saltarse una cola en la que yo llevaba meses sin avanzar.

Un amigo suyo se suicidó.

Terminó culpándome. Durante ese periodo yo había necesitado demasiado de ella y ella me había dado un tiempo que, después, creyó que debió dedicarle a él. Para ella la cuenta era sencilla: mientras me sostenía a mí, no había estado disponible cuando su amigo la necesitó.

No discutí que me hubiese dado ese tiempo. Habíamos pasado suficientes noches al teléfono para negarlo. Discutí que su ausencia hubiese decidido el resultado.

Dudo que cambiase el resultado.

Solo sabía hacer de ward, no tenía presencia.

Después de eso empezó a tirar GG por todo. Una discusión, GG. Una llamada más corta, GG. Un silencio incómodo, GG. La palabra perdió cualquier relación con el final y pasó a significar que volveríamos a hablar cuando uno de los dos olvidara por qué no debía hacerlo.

Cada GG venía con buyback.

Se desconectaba y reaparecía días después con las mismas quejas. Yo la recibía con las mismas respuestas. Nunca supe distinguir una despedida de un ragequit; la diferencia dependía únicamente de si volvía.

El meta cambiaba. Nosotros seguíamos seleccionando la misma composición.

Al final ya no bastaba con verla para recordar que era hermosa. Tenía que reconstruir a la mujer medicada, elegir sus mejores momentos y descartar el resto, como quien edita un montaje después de perder todas las partidas de una tarde.

Ella tiraba GG.

Yo respondía.

Ella regresaba.

Yo la castigaba por volver del mismo modo en que antes la había castigado por irse.

Tiraba GG por todo. Se reconectaba cada vez que creí que había abandonado nuestra partida, pero nunca fue un aporte. Terminó yéndose por el flameo, única diversión que le di en los días finales.