Cuando cursaba la enseñanza media, el día empezaba en el mismo paradero. Tenía el acrílico rayado, un asiento metálico frío todo el año y, detrás, una panadería que dejaba olor a marraqueta sobre el humo de las micros. A esa hora la calle pertenecía a los uniformes: camisas todavía bien metidas, corbatas derechas, faldas sin arrugas y mochilas cargadas con cuadernos que rara vez llegaban abiertos a clases. A la vuelta ninguno conservaba la misma dignidad.
Mi hermano iba al mismo liceo, pero jamás nos fuimos juntos. No había ocurrido nada grave entre nosotros. A esa edad bastaba con ser hermanos.
Yo solía llegar tarde a clases, igual que una niña de básica a la que encontraba allí. Casi todas las mañanas tomábamos la misma micro y bajábamos en la misma esquina: su colegio estaba al lado de mi liceo. Nunca habíamos hablado. Entre todos los grises, su uniforme se distinguía por un chaleco verde sobre la blusa blanca. Llevaba la mochila sujeta por ambos tirantes y esta parecía demasiado grande para ella. Jamás me pregunté cómo se llamaba —el colegio o ella—; era la chica verde del colegio verde. Una pequeña elfa. En ese entonces no debía tener más de doce años.
Una mañana la micro de siempre no pasó. Íbamos tarde. Tomé otra que me dejaría un poco más lejos. Me vio subir y subió detrás de mí. Durante un rato el viaje fue el de siempre. Después la micro dobló donde la nuestra seguía derecho. Ella buscó algo conocido por la ventana y, con cada cuadra nueva, comenzó a mirarme con mayor frecuencia. Apartaba la vista cada vez que la sorprendía. Yo sabía que esa ruta nos dejaría a unas cuadras de ambos colegios. Ella solo conocía mi uniforme.
Cuando llegó el momento de bajar, grité «¡Ábranme por atrás!». No fue mi mejor frase, pero al menos la hice reír. Cuando avancé hacia la puerta, ya venía detrás de mí.
Al bajar, caminamos lado a lado entre otros estudiantes que apuraban el paso. Era bastante tarde. No cruzamos palabra. Cuando llegamos, el patio de su colegio ya estaba vacío y desde la portería salía ese olor a cera para pisos que todos los colegios parecen compartir. Dije que era su hermano, que habíamos tenido problemas con el auto y que la venía a dejar. De alguna forma resultó.
Ni siquiera me dio las gracias.
Diez años después volví a verla en el mismo paradero.
La niña del uniforme verde era ahora una mujer de unos veintidós años. Del uniforme solo quedaba el color: vestía una blusa verde con transparencias en los hombros, unos jeans ajustados y un bolso de mezclilla apoyado contra la cadera. Tenía la apariencia ordenada de alguien que no llevaba más de un semestre en alguna universidad estatal. No tenía nada especial salvo la forma alargada de su nariz. No era un desperfecto ni algo particularmente atractivo; simplemente era lo que terminabas notando después de observarla durante un rato. El trasero era común. Común no era algo malo. Mordisqueable, diría yo.
Me reconoció. Al menos eso creí. Por una parte, en los últimos diez años yo no había cambiado nada; por otra, llevaba observándola durante un buen rato.
Aposté que no se drogaba, era buena en los estudios, comunista, vegetariana y feminista. Tal vez virgen.
Esta vez parecía saber exactamente adónde iba.
«¿Tarde a la u?», dije, odiándome al instante. Sonaba a la clase de idiota que tomaba «chelas» saliendo del «preu», fumando unos «puchos» con la «mina» de turno.
«Voy bien, hermano».
Ella fue adorable.
Después de un par de mentiras, accedió a tomar unas cervezas. Entramos a un bar de estudiantes con mesas cojas, menús plastificados y propaganda cervecera de varios veranos atrás. Era una futura ortodoncista, soltera, que no mencionó a ningún ex ni compañero de clases. Estaba enfocada en sus estudios, pero tendría tiempo para salir si la llamaba en otra ocasión.
No era mi tipo. Igual la llamé. Nunca contestó.