Entré molesto a la librería. No había sido un buen día.

Dos vendedoras intentaron acercarse para preguntarme qué buscaba. A la primera le dije que solo miraba; a la segunda, que no estaba seguro, pero que, de encontrarlo, lo sabría. Con eso me desembaracé de ambas y di unas vueltas erráticas hasta detenerme frente a los libros de Anagrama.

Miraba La trilogía de Nueva York, de Paul Auster, recordando su visita a Chile, cuando la segunda vendedora se acercó otra vez y me preguntó si me gustaba el autor.

Le dije que jamás lo había leído.

La miré con detención. Era pequeña y de rasgos finos. No sabría describirla sin exagerar, así que, sin adjetivos innecesarios, solo diré que era preciosa. Con su mirada como único argumento, le dije que podía recomendarme algo si quería.

Me habló de un libro durante varios minutos. No atendí a nada de lo que dijo. Ni siquiera recuerdo el título. Usaba palabras elegantes y anglicismos sacados de alguna facultad humanista. No tenía puta idea de qué quería decirme, pero sus términos sonaban bien. Asentí a todo y, al cabo de un rato, le pregunté: “¿Vas a contarme todo el libro o quieres que lo compre?”

Se sonrojó y agachó la cabeza.

Después habló de editoriales y regalos, de la sacralización de los libros y de su postura a favor de rayarlos con anotaciones o dedicatorias. Me contó de su abuelo y también de su ex. Le dije que podía volver a atender a otros clientes. Respondió que no había nadie más en la tienda.

Tenía razón.

Seguimos hablando de los libros que íbamos mirando. Le hablé de Burroughs y confesó no entenderlo. Le recomendé una película. Sacó una pequeña libreta y la anotó. Le dije que la próxima vez le preguntaría si la había visto. Asintió sonriendo.

No me llevé ningún libro, necesitaba una excusa para volver.

El jueves siguiente, la librería ofrecía un 15% de descuento por comprar dos libros. Estaba llena.

Busqué entre el gentío algún indicio de ella. El único vendedor que vi atendiendo era un mequetrefe que miraba su celular y se desentendía de la multitud. No me habría incomodado preguntar por ella, pero mi cabeza recreó de inmediato un escenario vívido: el idiota estaba enamorado de la chica y, peor todavía, hablaba con ella por celular en ese mismo momento.

Me alejé de mi enemigo unilateral y la busqué por toda la tienda.

Pensé que podía estar en el baño, atrapada por su propia belleza frente al espejo. Como Eco, me propuse esperarla para repetirle lo que otros hombres cautivados ya debían de haberle dicho. Así hice. Cinco minutos después me aburrí y decidí salir.

Camino a la salida vi a un tipo que vestía como yo. El mismo traje ridículo a lo Dylan Moran, unos jeans Lee y mocasines negros. La única diferencia era que él lo lucía mucho mejor. Parecía un galán de teleserie barata, como imaginaba al protagonista de una producción de La Red si algún día decidiera abrir un área dramática.

Me sentí patético. Pensé en no volver nunca por ella si esa era la clase de personas que frecuentaban la tienda.

Ya afuera, el sujeto sacó una cajetilla de Pall Mall. Yo saqué unos Lucky y encendí mi Zippo cromado. Él seguía buscando un encendedor que al parecer no llevaba. Le ofrecí fuego e incluso un cigarrillo, diciéndole que botara esa basura.

En ese momento imaginé mi pene al menos tres centímetros más grande que el suyo.

Me devolvió una sonrisa de un millón de voltios que habría podido iluminar todo el Paseo Ahumada. Me hablaba con desenvoltura y me hacía entrar en confianza. Terminé hablándole de la chica y de la razón por la que estaba ahí. Le dije incluso que había perdido el ánimo al compararme con él. Me respondió que yo era un chico lindo y que no tenía por qué sentirme así.

Repasamos mi conversación con ella hasta llegar a Burroughs y su homosexualidad. Me preguntó qué opinaba de los homosexuales. Respondí con el viejo chiste que me sacaba de esos apuros: “Durante un tiempo pensé que podía serlo. Pero todo ese baile… y la higiene. No, no es lo mío”. Era la segunda cosa de Dylan Moran que llevaba puesta esa tarde.

Se rió y me dijo que era homosexual.

Quise invitarlo a un trago, pero se me hacía tarde para entrar a trabajar. Se despidió con un beso en la mejilla: no un roce de cortesía, sino uno de esos en los que alcanzas a ver la onomatopeya clásica suspendida en el aire. Me dijo que, si veía a la chica, le preguntaría por mí. Yo esperaba que aprovechara para decirle que había vuelto por ella.

Ya con los ánimos renovados, me dispuse a irme pensando en cuándo volvería. Entonces vi a la primera vendedora que me había atendido días antes. Nos miraba a los dos con cara de póquer.

Tuve la esperanza de que no recordara al idiota que había pasado casi una hora hablando con su compañera o, al menos, de que no fueran amigas íntimas.

La librería TXT cerró la semana siguiente.