Comenzó en verano. El aroma que quedaba en mi pene después de masturbarme era distinto del habitual por todo el sudor. Empecé a asociarlo con ella.

Una solicitud al azar aceptada. Ella tenía veintiún años. Hablamos sin conocernos y ese mismo día me envió desnudos. Me pareció extraño verla con ropa la primera vez.

—Si tan solo hubieras aparecido hace una semana —dijo molesta—. Llevo una semana pololeando.

—Podría esperar otra, si ayuda en algo.

—Por favor. Engañarlo tan pronto sería una falta de respeto.

Volví a Santiago con la promesa de que me recibiría cuando regresara la semana siguiente.

La semana siguiente me esperaba en una plaza de Coquimbo. Hacía demasiado calor para la gente que podía escoger dónde estar. Los bancos pertenecían a jubilados, perros sin dueño y personas cuyos planes empeoraban al explicarlos.

Ella permanecía bajo uno de los pocos árboles con sombra. Vestía un uniforme escolar: un jumper verde ajustado y corto, los primeros dos botones de la camisa abiertos y una corbata suelta que, sin perder el nudo, me recordaba la cadena con la que solía pasear a mi perro. Tenía veintiún años. El uniforme intentaba discutirlo.

Cuando se acercó, olía distinto. Era la primera vez que ella estaba presente.

—Es cosplay. Cosplay. Hago de colegiala. No te sientas mal.

—Tiene sentido —admití—. Pero no nos dejarán entrar a ninguna parte así.

—Podemos hacerlo aquí.

Durante meses me preocupó que alguien nos hubiese visto. Solía revisar páginas pornográficas y buscar palabras clave como «plaza», «colegiala», «público» y «Coquimbo», pero nunca encontré nada. Fue decepcionante: tuve buen rendimiento aquella ocasión.

Todo funcionó hasta que un día cometí el error de hablar de mí.

—Me siento mal. La vida me parece cruel y dura. No sé qué debería hacer.

—Cállate. Me haces daño.

—¿Lo dices en serio?

—¿No lo ves? Me atrae tu ego. No puedo soportar que tengas problemas. Es un golpe muy duro.

—Lo lamento.

—Yo también.

Días después quise verla y le pedí unas fotos suyas. Accedió, como de costumbre. Envió desnudos, como de costumbre. Pero esta vez montaba a un hombre, algo fuera de la rutina.

Volvió el olor a verano.

—Estoy ocupada —me escribió—. Yo te hablaré luego. No me busques.

Esa noche cambió su nombre a Usuario de Facebook. No volví a saber de ella.