Cuando era niño, mi madre solía leer en voz alta los subtítulos de las películas que arrendábamos. Los actores movían la boca en inglés y ella hablaba por todos. Ese fue mi primer acercamiento al idioma anglosajón. No sabía que una traducción podía equivocarse. Si mi madre lo leía, eso era lo que habían dicho.
Mientras crecía también lo hacía mi interés por la lengua de Shakespeare, aunque mis primeras motivaciones fueron menos humanistas. Quería saber qué decían en las películas pornográficas. Sentía mayor satisfacción si había una historia de por medio. Aprendí lo suficiente para descubrir que eran malas en cualquier idioma.
No volví a sentir esa pasión hasta años más tarde, cuando descubrí los géneros casting y street. Al menos ahí la historia tardaba unos minutos en admitir que era mentira.
Después me interesó la cultura japonesa, en especial el manga. Quería ir un paso adelante, así que leía en inglés las traducciones que aparecían un día antes y usaba esa ventaja para contarles a mis amigos lo que ocurriría en sus historias favoritas. No hablaba el idioma a la perfección, pero durante veinticuatro horas sabía más que ellos. Era casi lo mismo.
Conocer un idioma a medias tiene sus ventajas. En ocasiones escucho una cosa y entiendo otra. De vez en cuando, lo que traduzco en mi cabeza es mucho mejor que el original, aunque nadie lo haya dicho. Me apropio de esas frases. Llamo a eso plagio a lo inexistente. La víctima no puede reclamar derechos sobre una obra que jamás produjo. Lo hago a menudo. Con y sin culpa.
En un chat la conocí. Neoyorquina, veinte años, rubia. Era trans.
Ese último dato hizo más trabajo en mi cabeza del que ella habría considerado necesario. No tardé en construir una defensa que nadie me había pedido: desearla no me hacía homosexual. Me pareció un argumento impecable. Ella no había sugerido lo contrario. Algunas teorías viven mejor sin testigos.
Me gustaba lo suficiente para conectarme antes de la hora en que solía aparecer, como si la puntualidad pudiera acelerar Internet. Pasábamos horas hablando. En el chat yo podía pensar una respuesta, borrar la primera y fingir que la segunda se me había ocurrido de inmediato. En esas condiciones era fácil tener mucho en común.
No tardamos en plantearnos dar un paso adelante. La distancia convertía cualquier avance en un problema técnico, así que el paso lógico fue mostrarnos por cámara. Todo estuvo bien hasta que me tocó a mí.
Al verme por completo, algo cambió en su rostro. No se rió. No hizo un gesto de asco. Tal vez ni siquiera cambió nada y la conexión acomodó mal unos cuantos píxeles. Pero hubo una fracción de segundo que no supe leer.
Así que la traduje.
Los días siguientes respondí menos. Ella preguntó si ocurría algo y le dije que no. Después ninguno escribió durante un tiempo. Yo lo llamé una pausa.
Durante esa pausa encontré, por casualidad —una casualidad que necesitó varias búsquedas—, unas fotografías antiguas suyas. En ellas tenía mejor cuerpo que yo. No en un sentido espiritual: mejores hombros, mejor pecho, menos barriga. Yo vi en esas fotos al hombre que habría querido ser. Ella nunca había sido ese hombre.
Abrí Photoshop y puse mi cara sobre su cuerpo. Al principio solo quería saber cómo me quedaba. Después corregí el cuello, la luz y el color de la piel. La curiosidad rara vez exige tanto trabajo.
Subí una de las imágenes a una página de citas. Lo llamé experimento porque llamarlo mentira me obligaba a detenerlo. En pocos días recibió más mensajes que todas mis fotografías reales juntas.
El cuerpo era de ella. El hombre no había existido. Yo le puse mi cara y fue la versión de mí que más gustó.
Me molestó.
Volví al chat para reclamárselo. Su cuenta ya no existía.