Siendo imposible encontrar un buen trago un domingo por la noche, tuve que resignarme a beber un par de cervezas en compañía del farfullo posadolescente de la mesa vecina. El personaje que pude estar pareciendo era fácilmente destruido por la bolsa de Forever 21 que la causalidad había puesto en mis manos. Las colillas que tiraba al piso eran señal de mi animadversión ante la incapacidad de disfrutar mi propia soledad; una lengua anestesiada por nicotina y la tolerancia de la costumbre convertían esos 16° en el transporte directo a conocer el aseado baño de un restaurante familiar que de haber estado en familia tal vez habría disfrutado. Una comparación atrevida que espero algún día justificar.

La camarera se acercó y me preguntó si quería algo más. Algo de compañía, respondí bajo la confianza absoluta de aquel que ya no tiene nada que perder. No imaginé que podría llegar a sonar como una invitación sexual, cosa que logré aclarar al siguiente intento, en el cual, tal vez por vergüenza al malentendido, se decidió a darme un tiempo más. Veintitantos años y estudiante de algún tipo de ingeniería que no me importó recordar. En esa época, todas las mañanas distintos taxistas iban a buscarme al trabajo, por lo que el coloquio natural y el sartriano hábito posmoderno de hablar sin tener nada que decir fueron mis únicas armas. Veni, vidi, pero no vici. Demasiado dolido para ser honesto o tal vez solo mala praxis. Recogí la bolsa y me retiré.