No sé qué vi en ella. Puede que fuese un asunto de lo que no vi: palabras innecesarias. Su silencio podía ser timidez, cautela o simple falta de interés; nunca llegué a saberlo, no por falta de curiosidad, sino por la confianza de que tendría tiempo para averiguarlo, y esa confianza me concedió algo que hoy ya no poseo cuando dejo pasar los días: calma. La conocí en un chat al que me agregaron los futuros estudiantes de Literatura Creativa, apellido maldito que ya anunciaba el talento de quienes estarían a cargo de enseñarnos. Las clases todavía no comenzaban y yo ya comprendía por qué fracasarían, ventaja intelectual que el contacto con una institución suele deteriorar. Mis futuros compañeros eran tan comunes que la individualidad parecía un error administrativo. Había llegado en Nietzsche hasta la parte del rebaño, suficiente para reconocer uno apenas descubrí que podía dirigirlo; me enojé y tomé el control de la conversación. Empezaron a presentarse según las preguntas que yo hacía y convertí su docilidad en una prueba de mi talento: en primer año todavía creía que una hipótesis quedaba demostrada si nadie tenía ganas de discutirla. Hasta que ella escribió: «¿Qué te has creído?». Yo leí una segunda frase: «Me caes pésimo». No la había escrito, pero estaba ahí, o habría estado si hubiese dispuesto de mi vocabulario. Yo no corregía a las personas; las ayudaba a alcanzar su intención. Le propuse hablar en privado y, mientras revisaba una por una sus fotografías públicas de Facebook —actividad que mejoró considerablemente mi disposición hermenéutica—, aceptó mi solicitud de amistad. Su personalidad cambió por completo y tomé esa variación como certeza de que el grupo falseaba su naturaleza mientras conmigo aparecía su versión verdadera. De Descartes había aprendido que podía dudar de todo, salvo, al parecer, de una conclusión que me favoreciera. Me entristeció que necesitara aparentar frente al resto y me halagó que dejara de hacerlo conmigo. Ambas conclusiones eran mías, de modo que no se contradecían. Me habló de sus problemas psicológicos con esa sinceridad prematura que internet permite confundir con intimidad; los tomé como un prólogo, no como una advertencia, y seguimos conversando. Era una buena época para mí: salía con otras mujeres y podía aparentar un interés convincente por casi cualquier cosa que me contaran, habilidad que consideraba empatía porque versatilidad parecía una palabra menos noble. Aquella facilidad duraría poco: otra mujer terminaría causándome una disfunción eréctil, cosa que sí da personalidad, pero todavía no. De un día para otro comenzamos a hablar por Skype entre cinco y siete horas diarias, nunca con cámara, porque nos bastaban las voces y porque el rostro, cuando uno conversa demasiado, puede convertirse en una interrupción. Jugábamos en línea, cada uno por su cuenta o juntos, hacíamos cualquier otra cosa y seguíamos hablando hasta que una frase comenzada por uno podía ser terminada por el otro, prueba de intimidad o de cansancio, dos fenómenos que de madrugada son casi indistinguibles. Había leído a Wittgenstein lo suficiente para saber que un idioma privado era un problema y no lo bastante para comprender cuál, de modo que llamé así a nuestros apodos vergonzosos, nuestras palabras corrientes con significados particulares y las frases incompletas que fuera de nosotros no querían decir nada. Teníamos suficiente gramática para malentendernos con precisión. Toda omisión dejaba un espacio y yo siempre me había considerado competente para llenarlo. Ella callaba; yo interpretaba. La división del trabajo funcionó durante meses. Tenía novio; no recuerdo desde cuándo, y esa imprecisión explica mejor que cualquier argumento el lugar que le concedía: aparecía como la biografía del autor en la solapa de un libro, información verdadera que yo no consideraba necesaria para comprender la obra. Tampoco recuerdo cómo la convencí de permitirme verla a diario, pero comenzó a enviarme una fotografía suya cada día. Ella elegía la imagen; yo elegía lo que significaba. Otra división del trabajo que me pareció justa. Durante un tiempo confundí el cariño con la ausencia de deseo y me enorgullecí de poder encontrarla hermosa sin querer acostarme con ella. Había leído unas páginas de Schopenhauer y me parecían suficientes para convertir mi confusión en una teoría de la voluntad. Un día mandó una fotografía más atrevida y la refutó sin aparato crítico. Empecé a desearla, pero creí que aquello no interfería con el cariño. Concluí que la única forma de amar correctamente a una mujer era tener a otra a quien desear; la hipótesis carecía de evidencia, pero compensaba esa deficiencia explicándome por completo. Le advertí varias veces sobre mi naturaleza, fórmula elegante con la que convertía mis defectos en fenómenos inevitables, y ella sostuvo que tendría un control especial sobre mí y sabría detenerme si alguna vez era necesario. Tenía razón. El problema fue que más tarde no reconocí el método. Nos conocimos en persona antes de comenzar las clases y, durante aquel primer encuentro, hizo la cosa más linda —no la más correcta— que una mujer había hecho por mí: me dio dinero para que yo pagara la cuenta y quedara bien ante los demás. Acepté. La dignidad también requiere financiamiento. Hasta entonces nuestra relación había existido en voces sin rostro, fotografías sin presente y un lenguaje que nadie más comprendía; la universidad agregó cuerpos, horarios y otras personas, tres enemigos naturales de cualquier interpretación perfecta. El primer día me pidió, incluso por favor, que la acompañase en el camino. Llegué tarde. No me lo reprochó, pero hizo algo peor: amistad con otros. Pude aceptar que hablara con ellos mientras continuara perteneciendo a la versión de sí misma que hablaba conmigo, aunque acaso mi retraso hubiese sido una manera de evitar tenerla encima todo el día, situación que después comprendí que me habría gustado en cualquiera de sus sentidos. Tampoco soporté a nuestros compañeros. Había llegado a estudiar literatura esperando encontrar mentes singulares y encontré tarados con bibliografía, diferencia que una institución puede certificar, pero no corregir. Terminé refugiándome en ella más de lo debido, bajo su falda, para ser precisos, y vi un pequeño cielo color rosa. Más tarde le hablé del color, no tanto para hacerla reír como para encontrar en su reacción una interpretación favorable de mis actos. No la encontré. Me pidió que no lo repitiera, por respeto. La palabra me pareció imprecisa: llevaba meses leyendo cada silencio, cada fotografía y cada espera como notas al pie de un consentimiento general; había aguardado una señal de quiebre que sirviera de muro y, como no llegó antes, declaré extemporánea la que acababa de aparecer, facultad que nadie me había concedido, pero que ejercía con la naturalidad de un tribunal recién fundado. Me pidió que le prometiera que no volvería a hacerlo. Le dije que no; si se presentaba otra oportunidad, lo repetiría. Insistió en que le diera la respuesta que quería. Y no se la di. Y ella lloró. Me sentí mal y le dije que bromeaba. La verdad acababa de volverse poco práctica. Mi corrección llegó tarde. Se lo contó a su novio, aquel nombre que durante meses había ocupado la solapa y de pronto reclamaba la autoría completa. Entre los reproches de ella creí reconocer alguna de nuestras antiguas inflexiones, un rastro suficiente para entender que quería que insistiera aunque no pudiera decirlo; una solicitud que jamás formuló, pero yo ya tenía experiencia completando sus frases. Al día siguiente traté de arreglar las cosas y ella dejó de parecerse a la mujer que yo había leído: sus respuestas eran firmes, completas y no dejaban espacio para mí, razón suficiente para sospechar que alguien más las escribía. Concluí que su novio hablaba por ella. Intenté recuperar su versión auténtica, entendiendo por auténtica, con el rigor de mis lecturas recientes, la única que coincidía conmigo. Insistí una y otra vez; cada negativa más precisa confirmaba que ya no podía tratarse de su voz. No tuve éxito. Dejó de responder antes de que yo pudiera explicarle lo que había querido decir. Al año siguiente volví a verla. Yo había pasado uno fuera de la universidad; ella había continuado allí, existiendo sin mi interpretación. Bastó verla para comprender cuánto me gustaba. Había necesitado un año de ausencia para alcanzar una conclusión que cualquiera menos yo habría considerado evidente. Tenía dos opciones: acercarme a ella y hacerle daño o ser un cobarde. Decidí ser un cobarde. Lo he sido hasta hoy.