Iba trotando por Sánchez Fontecilla, bajando a la berma cada vez que una entrada de autos se comía la vereda. Había llovido en la mañana y la tierra conservaba ese olor oscuro que dura menos que la lluvia. Los neumáticos levantaban agua sucia desde la calle. En mis audífonos sonaba una canción que había elegido para no escuchar ninguna de esas cosas.
A esa hora, los edificios parecían dormir con la alarma puesta. Rejas, cámaras, focos con sensor de movimiento y conserjes detrás de vidrios gruesos. El único ser humano al aire libre era yo, pero llevaba ropa deportiva y eso suele tranquilizar a la gente.
Salía a correr sin billetera. Lo consideraba una medida de seguridad y también una forma de disciplina: nadie puede quitarte lo que has tenido la precaución de no llevar. Guardaba las llaves en un bolsillo y, en el otro, un MP3 pequeño, plateado, de 512 megas y con la pantalla rayada. Los audífonos subían por debajo de la polera. Seguía usando el aparato porque la obsolescencia siempre me ha parecido una forma interesada de ingratitud.
En una esquina, una prostituta me mostró el seno derecho.
La llamé prostituta desde ese momento. No se lo pregunté. La precisión es un lujo cuando uno está trotando.
Crucé la calle, avancé unos metros y miré de vuelta. Pasaba del metro setenta y llevaba un vestido ajustado sobre una figura curvilínea, forjada por el escultor moderno de bata blanca. Los tacos se hundían un poco en la tierra de la berma. Tenía el pelo oscuro, los labios demasiado rojos para esa luz y un tirante delgado caído del hombro. El frío le había erizado la piel descubierta. De sus ojos no recuerdo nada.
Me duplicó el espectáculo.
Me detuve. Entre nosotros pasaban dos pistas de autos y todas las oportunidades razonables de continuar con mi vida. Esperé que cambiara la luz. Un conductor tocó la bocina cuando volví a cruzar; levanté una mano en señal de disculpa, como si los buenos modales volvieran sensata la dirección que había tomado.
Acorté la distancia y me saqué los audífonos. Ella cambió el peso de un taco al otro y volvió a subirse el tirante, sin cubrirse el pecho. De cerca era más alta. Un “Hola” con acento extranjero, interrumpido por mi empuje, fue la única información que necesité. La tomé por la cintura y le ordené que nos adentráramos en los arbustos. Ella, más rápida que mis sentidos, ya estaba estrujándome el pene.
Los arbustos parecían densos desde la calle. Por dentro eran ramas húmedas, bolsas atrapadas en las espinas y una botella plástica aplastada en la tierra. No ocultaban gran cosa, pero la noche suele colaborar con quienes tienen imaginación. Las luces de los autos atravesaban las hojas y nos mostraban por partes: su boca, mi brazo, el brillo de una hebilla. A pocos metros, un regador golpeaba con paciencia el mismo pedazo de pasto. Ella olía a un perfume dulce que había trabajado más horas de las recomendables.
Le pregunté “¿Cuánto me vas a cobrar?”, siguiendo el protocolo. Ella respondió “¿Cuánto quieres darme?”.
Parecía una prueba o un truco. Si yo hacía la primera oferta, podía premiarla más allá de lo que ella se valoraba como producto. En las negociaciones prefiero que la otra parte cometa primero el error de decir cuánto vale.
El problema era que no llevaba nada conmigo. Había salido con la precaución del que va a meterse en problemas y la sabiduría de viajar descargado. Solo tenía las llaves y el aparato. Ninguno estaba en discusión.
Mi plan era simple: una chupada y salir corriendo.
No sé qué espíritu me poseyó, pero, mientras fustigaba su rostro con mi miembro y ella, en buena caridad cristiana, ponía la otra mejilla para recibir el castigo, me conmoví. No pude evitar decirle la verdad: “No llevo nada conmigo, pero si vuelves mañana a esta hora prometo darte algo”.
Si esto fue sorpresa, no lo aparentó. Se limpió la boca con el dorso de la mano y dijo “Quiero que me lo metas”.
Tuvimos, por fin, un acuerdo verbal.
Le pregunté cómo podría recompensar todo lo que estaba haciendo por mí. Fue entonces cuando dijo las palabras más sinceras que alguien me había dirigido: “¿Cómo te voy a cobrar?”.
Nunca me habían querido de manera tan económica.
Se levantó el vestido. Yo me bajé el pantalón solo hasta donde podía volver a subirlo con rapidez.
Me abrazó con todas sus extremidades, similar al marsupial australiano, y me empujó hasta el fondo de ella. Las ramas me arañaban la espalda. Uno de sus tacos se hundió en el barro y por un momento todo nuestro peso dependió del otro. Fue ahí cuando sentí que algo chocaba con mi vientre y llevé mi mano a explorar lo que mis ojos no veían.
Me detuvo en seco. Dijo que lo que había tocado eran toallas.
Todo se aclaró de inmediato: el perfume gastado, la voz grave, el vello facial casi imperceptible.
Mi libido aumentó.
La mejor mujer con la que he estado.
Cuando terminamos, se acomodó el vestido, se subió el tirante y se limpió una mancha de barro de la rodilla. Yo me acomodé el pantalón. No le pregunté su nombre. Ella se fue sin despedirse y yo retomé el trote.
Unas cuadras después quise volver a ponerme los audífonos. El cable terminaba en el conector. Metí la mano en el bolsillo. Estaba vacío.
Entre mis pérdidas solo contabilicé mi MP3. Pequeña propina que tomó sin que me diera cuenta y que gustoso habría dado por voluntad propia. En los noventa uno grababa canciones en un CD para darlas como muestra de amor. Espero que mi selección musical haya sido de su agrado.
No he vuelto a verla, por mucho que la he buscado.