La conocí tres veces. Con el suficiente tiempo entre cada encuentro para que fuera una chica nueva en cada ocasión.

La tenía en Facebook desde una broma que le hice a un amigo y en la que ella terminó involucrada. Acababa de terminar con él. Él todavía la amaba y, pocos días antes de que yo la invitara a salir, había ido hasta su casa a declararle su amor. No lo supe por él. Me lo contó ella. Yo la invité igual.

Me dijo que vería a una amiga ese día, pero no tenía problema en que me sumara si ella accedía. Agregué a su amiga a Facebook. Accedió a que fuera con ellas. También a que acariciara sus pechos, si lo deseaba. No es que su amiga fuese desagradable, pero palidecía en comparación, por lo que su oferta no me pareció atractiva. Intuyo que llevó una vida difícil siendo su mejor amiga.

Fuimos a un patio de comidas y después caminamos bajo la lluvia. Ella se veía hermosa girando bajo las gotas, como si mojarse no tuviera consecuencias. Yo miraba mis zapatos nuevos y pensaba exactamente lo contrario.

Tomamos una micro y las llevé a un bar de confianza. Durante el trayecto jugaban a dibujar formas fálicas en el vaho de los vidrios. El chofer se percató, me miró con compasión y me dio unas palabras de ánimo que no alcancé a entender.

En el bar, ella empezó a hablarme de lo guapo que era el tipo de la mesa vecina, quien después intentaría, sin éxito, tener un trío con ambas. Su amiga, mientras tanto, me recalcaba lo desinteresado que me estaba mostrando de la situación.

Les dije que iba a comprar cigarros. No regresé.

Aquel día terminé conociendo a la chica más linda de una librería, así que me sentí conforme. Su amiga me bloqueó. Ella no. Escuchó divertida lo que me había ocurrido y después me contó su parte de la tarde. No podía entender cómo aquella chica con la que hablaba con tanta soltura podía ser la misma cabra chica de unas horas antes.

La conocí por segunda vez al año siguiente. Habíamos conversado bastante por Facebook y la química parecía mayor. Al verme, criticó mi ropa.

—Te ves como mi padre. —El primer amor de toda niña es su padre. —El mío me pegaba. —Oh.

Mi silencio la obligó a completar el chiste por su cuenta.

—Soy un tanto masoquista.

Aquella niña malcriada había desarrollado un sentido del humor. Me alegró tanto que acepté cualquier cosa que propusiera. Así terminamos fumando marihuana en el bandejón de la Alameda.

Jamás he disfrutado fumar marihuana. La considero un potenciador del estado de ánimo y, como el mío es de eterna miseria, solo me hace daño. Ella se alegró como nunca y, sin darme cuenta, aquella niña insoportable volvió a surgir.

Por suerte, ya era hora de irme a trabajar. La habría dejado sin problemas, de no ser porque era incapaz de orientarse. Quise darle dinero para un taxi, pero tampoco sabía cómo dirigirlo hasta su casa. Estuvimos así hasta que recuperó conciencia suficiente para reconocer la micro que debía tomar. Yo llegué tarde al trabajo.

La conocí por tercera vez al año siguiente.

—¿No crees que ya es hora de dejar de intentarlo? —Creo con absoluta certeza que tienes mucho que ofrecer. No he conocido a nadie como tú: con tu inteligencia, tu simpatía, tu belleza (lo cual es solo un eufemismo para «tienes un trasero perfecto»). —Que lo escribas entre paréntesis no significa que no vaya a leerlo. Es un chat. No escribes una novela. —Puedo hacer las dos cosas a la vez. Un día te lo probaré. —Una última oportunidad. Este sábado.

Fuimos a un restaurante y luego a un bar en Bellavista. Nos emborrachamos con tragos que llevaban nombres de cantantes de rock. No recuerdo cuál pedí. Ella tomó un Janis Joplin. Me pareció tierna aquella forma de infantilizar el alcohol poniéndole nombres de músicos muertos.

Hablamos y reímos. Conectamos. Le conté mis sueños y mis metas; decidió involucrarse en ellos y formar parte. Yo estaba feliz.

De regreso intenté tomarle la mano. Me dijo que le incomodaba el contacto y que creía que solo lo hacía para molestarla.

El alcohol, que siempre ha tenido la cortesía de darme la razón, sugirió que tocarle el trasero era una respuesta razonable.

Me dijo que no lo volviera a hacer. Quise averiguar hasta dónde llegaba la advertencia y lo hice otra vez.

Me golpeó en plena cara.

La duda quedó resuelta.

Esa noche me dio un sermón: no podía pretender tenerla solo por haber gastado dinero en ella y, según su diagnóstico, no tenía otra forma de conseguir una mujer.

Unos días después la llamé. Estaba en un cumpleaños. Hablamos bastante y quedamos de volver a vernos. Al día siguiente ya estaba bloqueado en todo.