Consumada la imposibilidad prolegoménica de aquella fenomenología cuya entidad rehusó la reducción a conciencia y agotado, por indisponibilidad actoral, el C’est la vie dramatúrgico de la segunda, compareció ella no como tercera elección —toda preferencia exige simultaneidad de elegibles— sino como hipóstasis remanente de una universidad que, en su democratización matricular, insistía en llamar compañeros a quienes la verticalidad del espíritu había distribuido ya entre magisterio y discipulado. Pura y angelical amistad nació así de su admirativa intuición de mi virtud y de la consecuente benevolencia con que permití aquella percepción, buscadora ella de una elevación que, por egoísmo de reciprocidad (patudez femenina cuya universalidad excusa aquí mayor escolio), esperaba retribuida en la certificación laudatoria de cuanto hacía y escribía, sin comprender que el elogio, cuando antecede al mérito, no nutre: engorda. Administrada, por tanto, la aprobación mediante esa dosificación negativa que preserva al discípulo de la suficiencia y al maestro de la mentira, cada nueva comparecencia de sus obras ante mi juicio confirmó, en la reiteración misma de la súplica, la inexistencia del talento cuya proclamación pretendía, quedando aquella aprendiz sin futuro detenida frente al umbral que confundía con ausencia de puerta. Siendo, empero, insuficiente la contemplación admirativa para dotar de interés a su todavía incompleta presencia, nació en mí la exigencia de compensación carnal que toda paideia bien entendida reconoce desde Pausanias —la continencia socrática ante Alcibíades no constituye doctrina, sino anomalía hagiográfica—, transformándose así la compañera administrativa en discípula erótica y su cuerpo en activa cuna de un deleite unilateral cuya unilateralidad, al provenir del magisterio, adquiría dignidad de método. Pues bien, elevada dicha común comunión a acto amoroso, la balanza se inclinó a mi interés con la justicia natural de todo instrumento que posee dos platillos aunque ignore la igualdad de los pesos, haciéndola receptáculo de quejas, comentarios y otras emanaciones de una conciencia que nunca consiguió comprender, mientras su pretensión de nutrición recíproca, confundiendo presencia con alimento y especialidad con insuficiencia, viciaba la utopía mediante esa insatisfacción humana que exige de una sola criatura cuanto una civilización distribuye sabiamente entre varias. Meses de drogas medicadas —pharmakon moderno para quienes postergan por disciplina clínica la conclusión lógica de sí mismos— obraron entonces como espejo de negaciones convergentes: extirpación libidinal en ella, abolición del conatus en mí, consecuencias contrarias de idéntica naturaleza que, al retirar del vínculo el deseo de su cuerpo y de mi cuerpo el deseo de persistir, restituyeron a nuestra amistad su pureza originaria y, con ella, la perfecta esterilidad de lo puro. Siendo yo, por último, cruel reflejo de la eminencia que su memoria necesitó atribuirme y única alternativa a la vulgaridad circundante; y ella, para mí, dulce presencia, residuo deseable y sueño abnegado de letras ajenas cuya falta de mérito no impidió su conversión en materia de las mías, queda este recuerdo ofrecido no a los seres que fuimos —categoría empíricamente insostenible— sino a aquellos cuya inexistencia nos permitió buscarnos sin el inconveniente de encontrarnos. Quede, pues, aprobada la ausencia.
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