La conocí por Internet. Fue una de las primeras que conocí así. De esas que me ponían nervioso antes de escribirles y me dejaban pensando después si había usado demasiados signos de exclamación. Ella estaba comenzando con sus proyectos y aún era fácil de impresionar. Yo no tenía demasiado con qué hacerlo, pero nos llevábamos muy bien.

Quedamos en juntarnos en Plaza de Armas para conocernos en persona, a eso de las tres de la tarde. La invitaría a comer y pasaríamos horas hablando de superhéroes, videojuegos, sus proyectos y la brillante sonrisa de oreja a oreja que se dibujaba en su rostro y contagiaba de felicidad a cualquiera que alcanzara a verla.

Y tal vez de su trasero. Era digno de ser tema. ¿Puede una parte del cuerpo justificar por completo el interés por una persona? En ella sí.

Llegué antes de las tres. Di una vuelta por la plaza, después otra y luego algunas más, mirando con atención a cada mujer que se pareciera a su foto. A veces creía reconocerla desde lejos y aceleraba el paso, solo para descubrir que había perseguido a una desconocida.

La llamé varias veces, cuidando el poco saldo que me quedaba, pero todas las llamadas cayeron de inmediato al buzón de voz. También le envié un mensaje de texto. No respondió.

Supuse que la señal estaba fallando. Después supuse que se estaba atrasando. Finalmente supuse que me había dejado plantado y no quería contestar. La esperé y la busqué durante horas antes de irme enojado.

Esa noche, cuando volví a conectarme, tenía varios mensajes suyos. Me reclamaba que había terminado resfriándose por mi culpa, esperando bajo la lluvia.

Le respondí que no estaba lloviendo.

Ella insistió en que sí. Yo insistí en que no. Me llamó mentiroso y le devolví el favor. No fue nuestra mejor conversación.

Entonces la rabia de haber quedado plantado se convirtió en asombro. Había leído suficientes cómics y visto suficientes series para reconocer la explicación más razonable: vivíamos en dimensiones paralelas y, de alguna forma, habíamos conseguido conectarnos a través de Internet.

Todo calzaba. Estábamos en el mismo lugar y a la misma hora, pero no en el mismo plano. En su dimensión llovía y en la mía no. Por eso tampoco lograban comunicarse nuestros celulares. Las llamadas sencillamente no podían atravesar el espacio entre dos universos.

Durante dos días sostuvimos la teoría con bastante seriedad. Era bonita. También explicaba casi todo.

Después nos dimos cuenta de que vivíamos en regiones diferentes y que ambas ciudades tenían una Plaza de Armas. Cada uno había dado por hecho que el otro sabía de cuál hablaba.

También habíamos anotado mal nuestros números.

Ambos.

No ocurrieron muchas cosas luego, salvo algunas por cámara. Durante un tiempo seguimos hablando y prometimos volver a intentarlo, esta vez comprobando la región, la ciudad, los números y cualquier otro dato que pudiera distinguir una relación a distancia de un fenómeno interdimensional.

Nunca fijamos una nueva fecha.

El tiempo y la distancia hicieron lo suyo. Finalmente apareció otra persona en su vida. No necesitaba ser más interesante que yo. Tenía la ventaja de estar ahí.

Fue alguien que perdí sin nunca tener. Con el tiempo dejamos de hablar.

Hoy aparece en algunos programas de la televisión local de su región.