Estúpida, gloriosa, cretina.

Hablamos el primer día de clases porque nos habían asignado discutir. Decidimos hacerlo entre nosotros bajo el acuerdo de que solo diríamos trivialidades. Nos tomó más tiempo decidir qué podía considerarse trivial que establecer el pacto, primera señal de que tampoco coincidiríamos en lo insignificante. ¿Puede sumarse uno más?, preguntó el profesor. No, dije. Sí, dijo ella. Qué hija de puta. Me desligué de ambos con la dignidad de quien abandona por principios una conversación que apenas había comenzado. Ellos siguieron hablando y yo hice un esfuerzo considerable por no escucharlos. Cada vez que ella intervenía encontraba una nueva razón para ignorar lo que decía y otra para mirarla mientras lo decía. No recuerdo el tema, sus argumentos ni a la tercera persona. Solo su belleza me quedó grabada. Puta que era linda la hueona.

Insoportable, arrogante, lista.

En esa época iba a clases con una gabardina beige que me llegaba hasta las rodillas, una camisa blanca arrugada, una corbata oscura siempre floja y pantalones igualmente oscuros. Una forma de vestir bastante común durante los ochenta y menos justificable cuando yo decidí adoptarla. En el bolsillo interior de la gabardina llevaba una petaca. La ropa me daba la seguridad que su contenido se encargaba de conservar.

Una vez llegué claramente tomado cuando faltaba media hora para que terminara una clase. Me senté al fondo, saqué la petaca y alcancé a beber antes de que la profesora me hiciera un ademán para que la guardara. Obedecí. Al terminar me quedé conversando con ella. Me contó lo malos y aburridos que eran los trabajos de los demás. Yo no había hecho el mío, pero llevaba varias historias y le propuse que evaluara una. Eligió alguna. También me concedía plazos adicionales porque sostenía que podía terminar cualquier tarea en media hora si alguna vez me daba la gana. Fue además la primera persona que me enseñó a enrollar un cigarro de marihuana, en el patio de la universidad. Era la profesora que mejor había adaptado el programa a mis capacidades y mis vicios.

Ella no compartía ese diagnóstico.

Durante la exposición de un compañero me reí de algo que me pareció gracioso. Ella creyó que me burlaba de él. Es probable que él también. ¿Por qué no te matas?, preguntó desde su asiento, con suficiente volumen para que la recomendación pudiera considerarse parte de la actividad académica.

Yo la odiaba en silencio. Ella prefería un modelo participativo. Me deseaba la muerte delante de otros, me invitaba a procurármela, decía que yo era lo peor para ella e intentaba obtener adhesiones. Cuando publicaba algo relacionado con las clases en Facebook, era la primera en reaccionar con una cara enojada y conseguía que otros la acompañaran. Mi presencia despertaba una capacidad organizativa que después intentaría aprovechar en política.

Al terminar otra clase, un profesor me advirtió que ella era insoportable. Le pregunté si yo también había sido molesto, como ella sostenía. Sí, respondió, pero siga haciéndolo. Era una pedagogía admirable: condenaba el comportamiento y financiaba su continuidad.

Tonta, sensible, mentirosa.

¿Te puedo quitar unos minutos?, le escribí por Facebook. Me hablas por mi comentario en clases, ¿no?, respondió. Ah, sí, eso, le mentí. No tenía preparado ningún reclamo, pero ella me había entregado uno y habría sido descortés desaprovecharlo. La conversación duró bastante más que los minutos solicitados y volvió a repetirse otros días, ya sin que ninguno pidiera autorización.

Una vez le dije que podía hablarme de lo que quisiera. Dejé el teléfono durante diez minutos. Cuando volví había más de doscientos mensajes sobre sus dudas, sus miedos, algunos traumas de infancia y su expareja. Parecía un diario de vida al que se le había concedido la posibilidad de responder, aunque nunca supe si esperaba que lo hiciera. Bajé por toda la conversación hasta alcanzar el último mensaje: me odio a mí misma.

Me recomendó a Simon & Garfunkel, los de The Sound of Silence. Era su banda favorita. Los escuché porque algo que otra persona considera importante merece al menos la oportunidad de decepcionarte. No me parecieron interesantes. También me recomendó películas. Vi algunas. No recuerdo ninguna.

Mi perrita está muriendo, me escribió un día. No había una opinión que refutar ni una provocación que responder. La escuché y terminé haciéndola reír. Días después su perra murió y la seguí escuchando. Quedamos de vernos en alguna ocasión, sin llamarlo cita ni concederle una importancia que luego pudiera emplearse como prueba. Después no volvió a responderme. Había encontrado la única forma de quedarse con la última palabra sin darme una que pudiera discutir.

Canalla, cínica, humana.

Un año después volví a verla haciendo campaña estudiantil. Postulaba a la presidencia del partido político universitario de turno. Su programa podía resumirse con facilidad: estaba a favor de todo lo bueno y en contra de todo lo malo. Una posición imposible de discutir sin declararse partidario del mal. Yo llevaba bastante tiempo ocupando la segunda categoría.

Defenderemos las causas importantes para los alumnes, como el feminismo, pero sin ser parte de la política, declaró. Comencé a reír y ella me miró fijamente. Con una artimaña, volví la cara hacia la persona que estaba a mi lado e hice parecer que me reía de algo que había dicho. Era un engaño demasiado torpe para convencerla, pero suficiente para que continuara hablando.

No volvimos a hablar. Dejé la universidad poco después. No fue solo por ella. Una cara enojada no significa gran cosa; muchas, repetidas durante meses, terminan pareciéndose a un lugar del que uno quiere irse.

Lo último que supe de ella, por un amigo mutuo, fue que había intentado matarse. Le pedí que le dijera que me había ido de la universidad, a ver si con eso se animaba un poco.