Entre mil hallé un hombre, mas mujer entre todas, ni una hallé.

Eclesiastés 7, 28 (trad. Nácar-Colunga).

En un capítulo de Rugrats, Carlitos visitaba una realidad alterna donde jamás había existido. Sin él, Tommy había perdido el valor y Angélica se había quedado con todo. Cuando Carlitos preguntaba por qué su amigo se dejaba dominar, le explicaban que el Tommy que conocía solo había llegado a ser quien era por tenerlo a su lado. Unos bebés explicaban la amistad mejor que cualquier tratado moderno. No he encontrado nada mejor.

Lo conocí el mismo día en que conocí a una chica con la que después estaría, y por la misma razón. Un meme preguntaba qué había sido primero, el huevo o el Pokémon. «Pikachu, luego existo», escribí. Ambos me hablaron, quizá porque el comentario les hizo creer que no estaban solos en un panorama universitario donde, con ánimo de ofender, nadie destacaba. Ella acabaría convertida en materia universitaria. Él tardó bastante más en convertirse en cuento.

Quiso saber por qué, si era tan divertido lo que escribía, era tan fome en la vida. Era la primera vez que alguien encontraba algo mejor en mí y decidía comunicármelo como un insulto.

En vez de ofenderme, hice algo peor: le encontré razón.

Tenía además una puntería ofensiva para recomendarme cosas. No me recomendaba lo que le gustaba: encontraba lo que terminaría gustándome a mí. Me hizo ver El rey de la comedia y películas en que la neurosis podía sostener dos horas de conversación; canciones donde un pianista convertía a los borrachos de un bar en personajes. Después llegaron voces casi infantiles diciendo cosas demasiado serias, canciones capaces de encontrar ternura en la mugre y otras que podían ser ridículas y devastadoras sin cambiar de tono.

Por él dejé de distinguir demasiado entre una película, una canción y un chiste. Solo importaba que hubiese algo que decir; lo demás eran distintas formas de conseguir que escuchara. Si restara de mí todo lo que llegó por él, quizá volvería a ser el fome al que decidió escribirle.

Hasta entonces funcionaba mejor por escrito. En persona llegaba después de mí, pedía disculpas y corregía cuanto acababa de decir. Comencé a pronunciar en voz alta las frases que antes reservaba para una pantalla, a exagerar mis gestos y a empujar las ideas hasta volverlas acciones. Me convertí en un personaje de mí mismo.

Comencé a disfrutar ser yo.

Él entendió pronto las posibilidades del personaje. Me animaba a hacer cosas que no se habría atrevido a hacer y esperaba a una distancia prudente para ver qué ocurría. Yo era su proyecto beta: la prueba de qué podía pasar si alguien como nosotros hacía las cosas a su manera. Si resultaba, habría demostrado que era posible. Si salía mal, el golpe me lo llevaba yo.

Una rata asquerosa.

Nunca me molestó.

Él obtenía una respuesta y yo una catarsis. Era un buen trato. También sospechaba que, si alguna vez llegaba a tener éxito, esperaba que lo llevara conmigo. Me gustaba la idea. Alguien había dicho que nunca sería un ejemplo de nada.

Cuando le conté que abandonaría la universidad, se tomó la cabeza con ambas manos y exclamó: «¿Y ahora qué voy a hacer?».

Hasta entonces había creído que la dependencia funcionaba en una sola dirección. Yo necesitaba a alguien que entendiera el chiste antes de que tuviera que explicarlo. Él necesitaba a alguien que se atreviera primero.

Me fui de la universidad. Él sufrió mi partida de inmediato. Yo tuve que entenderla antes de poder sufrirla.

Hoy está con una mujer que se parece físicamente a mí y, en todo lo demás, a mi versión sin personaje: alguien capaz de calzar con la gente. Creo que puede hacerlo feliz, si él lo permite.

Yo sigo siendo «yo», con la esperanza de volver a captar la atención de alguien como él.

Entre mil, solo hubo uno.